Resolver requiere un sacrificio mental

Más de un año sin escribir aquí a buen seguro debe tener una explicación jugosa, algo con la capacidad de llenar tamaño vacío temporal, cuando menos un insulso cotilleo o aunque sea un mínimo de información sobre el que crear fantasiosamente un sin fin de conjeturas. Es posible que haya un poco de todo en el motivo de mi ausencia, pero la opción de las conjeturas fantasiosas me parece la más acorde con la culturilla que nos rodea, así que dejaré que las alas del tedio del lector ocasional vuelen con libertad e imagine lo que le plazca.
Mucho más interesante que el motivo de mi cese en la escritura es el motivo de mi vuelta las líneas de descarga (vergonzoso no habértelo planteado hasta ahora ¿verdad?). En una excepción dentro de los motivos que me suelen mover, me he subido a un sentimiento más bien mundano para obligarme a desperezar mis neuronas.
A la vista está, ya que es la primera imagen que incluyo en alguno de mis escritos, queda claro que hoy la protagonista es ella, la de verde, la nueva evidencia diaria de que necesitamos caprichos tanto de mayores como de niños, solo que de mayores son más caros. Ese es todo el protagonismo que va a tener aquí, pues su lugar está en el mundo de las sensaciones y no en el de las reflexiones.
Las reflexiones si que son algo que aparecen con la edad, ya que son fruto en su mayoría de la duda y la inseguridad. Si en algún momento pensamos que no hemos obrado correctamente reflexionamos, si tenemos que realizar una compra importante reflexionamos, si tenemos una racha de buena suerte, por miedo, reflexionamos y si tenemos una mala por el contrario, pues reflexionamos también. Es algo que va ligado a la carga de responsabilidades que sintamos que tenemos en cada momento, sean reales o no. Lo más nutritivo de reflexionar es que en su resultado se ve el tipo de persona que somos. Si somos positivos, soñadores, realistas, pesimistas, luchadores o nihilistas así serán la mayoría de nuestras conclusiones. Es un buen ejercicio para conocerse a uno mismo, aunque hay que saber parar de "reflexionar sobre mis conclusiones de mi anterior reflexión" o no llegaremos a nada.
Personalmente (atención, excepcional nota sobre mi vida) me ha tocado atravesar un final y principio de año tirando a engorroso, rodeado de una gran cantidad de inconvenientes, achaques, desventuras, reveses y cuestas arriba (la de Enero es un paseo). No alcanzo a recordar una época en mi vida más patas arriba y con más escollos que esta, por lo que me ha tocado dedicar un tiempo a la gran ocupación de los mayores...reflexionar. En ocasiones tendemos a pensar que nuestra vida sigue designios que escapan en gran medida a nuestro control, sobre todo cuando se acumulan situaciones de un mismo corte en un escaso lapso de tiempo. En mi caso no he podido evitar encontrar una analogía directa entre esta época y un tipo particular de puzzle, de los muchos que han pasado por mis manos, y a buen seguro pasarán.
Concretamente me acuerdo de esos puzzles que son un dibujo o una foto dividida en fichas cuadradas, y que deslizan unas junto a otras de arriba a abajo de de lado a lado con un sonidito muy característico como a claqueta de cine. En este tipo de puzzles es muy típico que tengas la foto o imagen prácticamente resuelta y que te quede por colocar una última ficha, que casualmente ha quedado totalmente opuesta al lugar donde debe ir. Es francamente duro comprobar que has estado tan ocupado colocando cada pieza en su lugar, que no te has percatado de si estabas encerrando alguna otra parte del puzzle en un lugar que al final pueda causarte un problema, y que ahora tienes.
Llegados a este punto siempre asalta una disyuntiva, podemos dejar el puzzle tal cual está, es decir casi terminado con el esfuerzo realizado y la seguridad de que el aspecto es muy similar al correcto; o podemos intentar colocar esa última pieza en su correcto lugar, para lo cual se ve a todas luces que vamos a tener que deshacer gran parte del trabajo realizado para posteriormente hacerlo por última vez. Esto amigos, esto es un gran sacrificio mental, una amplitud de miras y una capacidad para creer en un final mejor que el actual, pasando por el caos y la incertidumbre del desorden autoinducido en un orden que nosotros mismos hemos creado. Perfeccionismo al fin y al cabo.
Media vida resolviendo puzzles me hacen ver la foto de mi vida desordenada por un motivo, por un último paso que está consolidándose y colocándose en su lugar, un paso que no tengo recuerdo de haber provocado pero que creo entiendo dentro de su contexto. Ha llegado sin que me de mucha cuenta, mientras estaba despistado con banalidades y reclamos ideados para el populacho (ver foto), dejando mi capacidad de análisis empañada. De todas formas siendo para bien no me preocupa excesivamente un poco de desorden, aunque reconozco que molesta. Como ya hemos concluido antes, sea o no autoconsolación un devaneo así, lo interesante es en lo que esta perspectiva me convierte, pero esa reflexión la dejaré para cuando me compre un coche ^_^.


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